Albert K. Brön era un eminente cocinero que disfrutaba del aprecio de sus colegas y, en general, de todo el medio gastronómico. Pero bajo la apariencia de un hombre normal, respetado y querido por todos, se escondía un ser maligno preñado de diantres.
Muchos momentos dejaron huellas indelebles en la vida de Albert. Pero, ninguno fue tan profundo como su gran amor, Ricarda, conocida joven de la sociedad aristocrática e hija única del Conde de Sabbro y la Condesa de Sosa. La joven, aparte de poseer una gran fortuna, era atractiva y con su carisma inagotable no le costó mucho ganarse la popularidad de sus amigas a la hora de pagar las cuentas en los bares que frecuentaba.
Albert conoció a Ricarda Sabbro Sosa el 16 de abril de 1992, en unos de esos sitios repletos de copas y licores que a ella le encantaba visitar furtivamente. Era una fresca noche de primavera, aunque melancólica como el otoño. El calor del verano y la zalamería del invierno la dibujaron ellos en el crepúsculo. Cuando él supo que Ricarda iba a ser la única heredera del millonario Conde de Sabbro, comprendió que sería el amor de su vida. La conquistó recitándole poemas de Bécquer, aunque, de igual modo, la hubiese enamorado recitándole el último informe bursátil con la pea que ella tenía. Ricarda se dejó atrapar por los regazos de su nuevo amor. Loca de pasión por él, quiso convertirse en la señora Sabbro de Brön. Albert, aprovechándose de las circunstancias, la arrastró hasta la iglesia de turno más cercana y contrató los servicios de un cura. “Hasta que la muerte los separe” fueron las últimas palabras del sacerdote. Albert vio cómo la sotana oscura cubría parcialmente el rostro paralizado del religioso. Fue una verdadera lástima verlo morir, pensó Albert. El chef no estaba dispuesto a pagar por los servicios eclesiásticos. El dinero que tenía en la cartera se lo había bebido. Sí, se lo había bebido. Era un extraño vicio que adquirió por accidente al descubrir los efectos alucinógenos que produce el dinero en gotas. Además, aún no había heredado nada de nadie. ¿Estaría cerca de hacerlo? Con la mujer sobre su hombro derecho miró compungido el cadáver del cura y dijo: “Bendición, Padre... a la muerte, a veces, se le puede apurar”. Albert dio media vuelta y, sin soltar a la mujer, azotó con furia el portón de la iglesia haciendo trepidar la cruz de neón que indicaba su funcionamiento nocturno. El cocinero se marchó fundiéndose con las sombras de la noche.
Pasaron los días. Ricarda y Albert eran la envidia de la sociedad, aparentaban ser una pareja normal, abrían el pecho al horizonte y, con una carcajada, afirmaban su alegría de vivir. Pero, bajo el rebozo que suponía un amor ideal, ciertos aspectos se dilataban como un tumor maligno. La dicha de Albert no sería eterna. Dos semanas después de encontrar el amor de su vida, despertaría de su dulce sueño. Ese día, al levantarse, descubrió que las prendas de Ricarda no estaban en el closet. Tampoco había vestigio de ella ni notas ni nada que explicase su desaparición. Albert, temeroso, prediciendo lo peor, empezó a escudriñar el rumbo que había tomado su amada: ¿Habría sido todo producto de su imaginación? ¡Ricarda! ¿Un espejismo? No. No podía ser esa la respuesta. Ella nunca lo abandonaría, pensó. Al menos eso era lo que ella le respondía cada vez que la apuñeteaba, como en la noche anterior, o le lanzaba el sartén con aceite hirviendo en las mañanas de desayuno. ¿La habrían secuestrado los extraterrestres? Absurdo, ya los secuestros habían pasado de moda. ¿Entonces? ¿Para qué se llevaría toda la ropa? ¿Es qué de verdad existían motivos para tal cosa?
Horas más tarde, Albert K. Brön, vía a su trabajo, conducía su vehículo por la Av. Caos Primigenio, como llamaba a la Intercomunal de El Valle. En unos momentos de introspección, mientras esperaba por los caprichos del semáforo, comprendió que la vida no iba a ser la misma sin Ricarda. ¿Cómo la recuperaría? ¿Dónde estaría su amada? Albert se ahogaba en un mar infectado de intrigas. “¿QUÉ HE HECHO PARA MERECER ESTO?”, gritaba, sordamente, sin darse cuenta que el semáforo le guiñaba uno de sus tres ojos: El verde. El desbarajuste psicológico se prolongó por largo rato. Albert permaneció cuarenta y cinco minutos sin mover su vehículo mientras blasfemaba. No fue hasta que decidió pisar el acelerador y salir disparado como un bólido que el tráfico estuvo estancado como sus pensamientos. Por su culpa, un caso de paro cardíaco no pudo ser atendido a tiempo por la ambulancia atrapada en la maraña vial.
Mientras que el cocinero devoraba el asfalto y canalizaba sus nervios atropellando inofensivos perros callejeros, Ricarda Sabbro Sosa bebía incontrolablemente en un bar de la ciudad. El maquillaje se le despanzurraba sobre los ojos. El colorete azul-violeta parecía aplicado en medio de un ataque epiléptico. Lamentablemente, no era eso. Ella no sufría de epilepsia y, aún peor, no había maquillaje. Sí, un ataque. La joven estaba harta de que Albert la fastidiara con una sierra eléctrica en la mano, diciéndole muy tiernamente al oído que si ella lo abandonaba utilizaría sus tripas para sazonar comidas vegetarianas. La noche anterior fue de esas en las que cenó la principal receta del menú de Albert: Puñetazos a la Quiche lorraine. Ricarda se había ido, lo había abandonado. La pesadilla de Albert comenzaba. Pero, ese no sería el final de la historia, que ahora tenía un tercer protagonista.
Se llamaba Federico Alcalá Bozzo, famoso creador del champú de moco de vaca, Per Pus, e hijo de un renombrado empresario chileno, a quién el presidente de ese país, le renombraba la madre por menoscabar la creciente economía que su gobierno estaba propiciando. Por tal razón, la familia Alcalá Bozzo se vio obligada a abandonar el país andino y hacer fortuna en otras latitudes. El olfato para sacar la empresa adelante en tierras ajenas, fue la brújula que los trajo a Venezuela. Federico tenía muy poco tiempo en el país y esa misma tarde estaba libre. Así que decidió ir a beber unos tragos para relajarse un poco. De todas maneras, el objeto de su relajación no fueron los tragos precisamente. La casualidad lo guiaría hacia Ricarda. Ella necesitaba afecto, compresión y alguien que le regalara un Alka Selzer; él fue el encargado de todo eso y de otras cosas. La conquistó recitándole poemas de Pablo Neruda, poeta que a ella le gustaba mucho. Entonces, por segunda vez en quince días, Ricarda visitaría la misma iglesia en idénticas condiciones. Ahora, Federico no sólo disfrutaba de los éxitos que emergían de sus negocios, sino, también, de las caricias de Ricarda, la devoradora de poetas.
Transcurrieron meses y Albert no tenía noticias de Ricarda. El 22 de octubre de 1992, la espera de Albert llegaría a su fin. Precisamente, fue en el restaurante italiano, Pasta o Pizza ¡Cenaremos!, donde trabajaba desde hacía poco. Ricarda junto a Federico, horas antes de hacer acto de presencia, habían reservado la más acogedora y romántica mesa que ofrecía el local. Federico quería darle una sorpresa a Ricarda. Esa noche se presentaba Femio Armas, el cantante favorito de la joven. Pero, curiosamente, otra persona sería la sorprendida.
Albert K. Brön, antes de iniciar sus labores, se percató que en la lista de reservaciones se encontraba el nombre de Ricarda Sabbro Sosa. Al lado de éste, notó que figuraba otro. Era el de un acompañante, pensó. Albert nunca había escuchado a Ricarda hablar de un tal Federico Alcalá Bozzo. Frunció el ceño mientras deducía y registraba en los desordenados archivos de su memoria algún recuerdo relacionado con este nombre. Una desagradable sensación le recorrió las paredes del hígado. ¡Estaba claro! ¡No había nada que explicar! Con natural suspicacia, el eficiente chef lo comprendió todo. El acompañante de Ricarda era más que eso. El momento tan ansiado para vengarse había llegado de una forma inesperada. Albert no desaprovecharía la oportunidad que el Señor Jesucristo le había regalado. Probablemente, él cocinaría muchas cenas ese sábado, pero estaba completamente seguro de que agregaría un plato especial al menú del restaurante.
A un cuarto para las ocho y media de la noche, la engalanada pareja arribó en un convertible rojo al establecimiento culinario, sin sospechar que la cena les iba a caer terriblemente mal. Muy atento, estaba el cocinero. Él, sin manifestar signos de alteración, siguió en sus labores con la misma maestría que lo caracterizaba. Albert, tranquilo, se dedicaba a sus asuntos entre moldes y hornos. Preparaba exquisitos platos y, de vez en cuando, le echaba una mirada insidiosa a la pareja. Cuando Albert ya había terminado la totalidad de los pedidos, sin pensarlo dos veces, fue directo a poner en práctica la receta que había ideado. No se trataba de un plato sino de una bebida. Una bebida muy fuerte jamás ingerida por ser viviente alguno. Sólo una persona como Albert, que poseyese pensamientos tan oscuros como la fermentación de caraota que utilizó para concebir la bebida, sería capaz de maquinar ese pequeño infierno líquido condensado en una botella. Se trataba de un cóctel mortífero cuyos otros componentes eran: Campari revuelto con néctar de mango, merengada de cambur y un poco de coco rayado. Mientras tanto, Federico no perdió el tiempo. El millonario hombre de negocios, conociendo la debilidad de Ricarda por el alcohol, le sirvió: cerveza con pitillo.
Por conservar la modestia, por no lucirse ante la pareja y, principalmente, por mantener su presencia en secreto, Albert K. Brön desistió en llevar el obsequio personalmente. Pero, en gesto humanitario, desinteresado y lleno de amabilidad, le envió la botella bien ornamentada con un camarero. Un hermoso lazo carmesí anudaba al recipiente una tarjetita que decía: “Sé lo que me hiciste la primavera pasada.”
Albert, muy atento, vigilante a la forma con que los acontecimientos se desarrollaban, esperaba el momento oportuno para iniciar su sigiloso ataque. No mostraba signos de perturbación. Parecía un robot que poseía circuitos y conexiones dentro de su cuerpo en vez de venas y órganos. Simultáneamente, cuando Federico le susurraba a Ricarda: “Me gustas cuando te emborrachas por que estás como ausente”, le empezaron unos inenarrables retorcijones en su estómago. De inmediato, el joven aquejado por el maremoto gástrico, corrió al baño.

Todo ocurría según lo planificado por el chef. Por un lado, Federico sentado, con sus dolores estomacales. Por el otro, Ricarda sentada, viajando por los insondables mundos de la vía alcohólica. Albert, muy paciente, desde su cocina, optó por comenzar el final de su vendetta. El cocinero se tapó la nariz con un pañuelo humedecido en formol al darse cuenta de que los clientes que urgían el baño, al abrir la puerta, se les dibujaba un rictus de repugnancia en el rostro. Con dificultad, logró inmiscuirse en su interior. El olor era semejante al de La Bonanza un día soleado. Al mismo tiempo, la clientela se distraía con el inicio del show de Femio Armas.
Con pasos flemáticos, inmutable, con sus sentidos alerta como radares en busca de aviones espías, y un cuchillo Pinzú 2000 recién afilado, Albert fue en busca de la hiel de su existencia. Tenía que ser rápido y preciso como un leopardo ante su presa. La paciencia que lo caracterizaba se transformó en una indomable ira. Le temblaban las manos. Sus ojos eran dos minúsculos hoyos negros que mostraban lo sombrío de su alma retorcida. Buscó cubículo por cubículo y lo único que encontraba eran las vulgaridades que adornaban las paredes de éstos. Hasta que, al fin, en el último de ellos, lo vio postrado, con las fosas nasales dilatadas, golpeándose las rodillas. Federico, indefenso, daba gemidos en el lenguaje universal de la agonía. Albert K. Brön como poseído por un demonio apocalíptico, arremetió sin piedad hundiendo su cuchillo incontables veces en las entrañas de la víctima. Lo dejó inerme con un racimo de intestinos que afloraron por las hendiduras de las mortales incisiones. Luego, lo picó en pequeños trozos y los expelió equitativamente en cada una de las letrinas para confundir a los detectives médicos o a cualquiera que quisiera echárselas de genio criminalístico.
Minutos más tarde, el intempestivo ataque contra Federico había dejado sus huellas. El baño parecía una original obra de arte conceptual. Llamaba la atención cómo se combinaban entre sí los matices del rojo oscuro que chorreaba por las paredes con las tiras de papel toilette blanco, el marrón pastoso y el violeta fosforescente de los trozos de tripas frescas. Albert no permanecería mucho tiempo en la escena del crimen. Por instinto, sabía que si alguien, por mera casualidad, entraba y lo sorprendía todo empapado en sangre sujetando la filosa arma, lo involucraría con el reguero orgánico por simple asociación de hechos. El cocinero se marchó de ¡Pasta o pizza, cenaremos!
Después de arduas investigaciones encabezadas por el reconocido detective colombiano Jairo Holmes y el experto en criminología Nino Watson; pudieron determinar que la placa del automóvil de Albert coincidía con el la del vehículo denunciado por provocar "La tranca de mayo del´92", nombre con el que fue bautizada la tristemente célebre cola en la Intercomunal de El Valle.
El 9 de diciembre de 1998, después de seis años de espera, el ciudadano Albert K. Brön fue sometido a juicio. Las autoridades legales se encargaron de que sobre él cayera todo el peso de la Ley. Su vecino, del B-7, el abogado Rodríguez aceptó defenderlo con tal que Albert le cocinara almuerzos durante tres años. De todas maneras, el peligro no había terminado, afuera lo esperaba una turba de manifestantes encolerizados, entre ellos parientes de las víctimas de paro cardíaco, que clamaban su cabeza o la del juez en caso de que este lo declarara inocente. Todo el juicio transcurrió de manera rutinaria. El publico que asistió estaba conformado, en su mayoría, por el SINCOVEN (Sindicato de Cocineros de Venezuela). En este debate se demostró que Rodríguez debió estudiar Historia, no porque fuera mal abogado, al contrario. Su capacidad para transformar el pasado tenía la cualidad equivalente a la de un alquimista en convertir cualquier materia en oro.
A los seis meses, Rodríguez se aburrió de las recetas de Albert.